LE PAGARON EL REMIS Y EL HISOPADO PARA QUE NO VUELVA CAMINANDO A SALTA

Nacionales 21 de octubre de 2020 Por Rouse Leonor
Gustavo Manuel Gallardo tiene 39 años y desde 2017 vive en Caleta Olivia. Cuando comenzó la pandemia, perdió el trabajo y las changas le alcanzaban para pagar el alquiler y enviarles dinero a sus 5 hijos. Desesperado, decidió volver caminando a su ciudad natal. Hizo dedo en la ruta, le regalaron comida, hospedaje y plata
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Se despertó y, sin desayunar, sacó del armario todo lo que tenía. Sus pertenencias entraron cómodas en un bolso negro de mano. Se puso la campera roja –la única–, un jean, zapatillas con cordones desajustados, la gorra gris por el desgaste, el barbijo azul, guardó el papel que había impreso en el locutorio, colgó el bolso en su hombro, cerró la puerta y se fue. El miércoles 14 de octubre a las ocho de la mañana salió de su casa con destino a la de sus padres. Viajó todo el día. A las nueve de la noche, trece horas después, llegó a Rada Tilly, un pueblo de nueve mil habitantes al sur de Chubut. Le quedaban aún 2.654 kilómetros y 535 horas de viaje sin interrupciones para culminar la travesía.

Gustavo Manuel Gallardo no desayunó ese día ni los dos días previos. El lunes había empezado a madurar la idea de partir. Había dejado de pagar el alquiler en agosto. Había perdido su trabajo en marzo y la plata de las changas apenas le alcanzaba para saldar sus deudas. No podía comprar comida, menos girarles dinero a sus cinco hijos. Después de dos días sin comer ni trabajar, decidió armar el bolso: ropa, utensilios y ese permiso de circulación que había conseguido en un locutorio gracias al asesoramiento de los empleados.

Se fue de Caleta Olivia, en Santa Cruz, rumbo norte por la banquina de la Ruta Nacional número 3. Había ido a vivir al sur hacýia más de tres años. “Tenía conocidos que estaban ahí, había mucho trabajo y pagaban mejor”, contó. Estaba a gusto: tenía un digno pasar, el trabajo era estable y gratificante, podía enviarle plata a su familia, hablaba por teléfono con sus hijos. Pero en marzo, un virus fatal y silencioso ingresó al país disimulado en resfríos de casos importados de Europa. El viernes 20 el presidente Alberto Fernández dictó el aislamiento social preventivo y obligatorio en todo el territorio argentino. Y el coronavirus obligó un esquema de restricciones e inspiró temores en la población.

“Siempre hice todo tipo de pintura, revestimientos y trabajos de albañilería”, describió Gustavo. La demanda de su oficio, fuera del calificativo esencial, cayó a cero. El confinamiento y el miedo al contagio de los primeros meses lo excluyeron. Resistió, sobrevivió, apeló a su versatilidad, se volvió un changarín: uno más.

“Con la pandemia empezaron a aflojar los trabajos: los dueños de las casas no querían que entrara nadie, los corralones cerraron, no había materiales, no había nada. No tenía cómo sostenerme, en Caleta ya no tenía nada para vivir”, razonó. Notó que sus changas y su esfuerzo no alcanzaban para solventar sus gastos fijos. Pero en la capital salteña, donde había vivido hasta los 35 años, sus ingresos podían sobrevivir al alquiler, los alimentos y los servicios.

Así, sin más que lo puesto, se fue caminando desde Caleta Olivia a Salta. No tenía miedo porque no tenía nada que perder. No tenía plata ni energías. Estaba dispuesto a arriesgar su integridad física y ser detenido si las autoridades así lo dispusieran. Su salvoconducto era un permiso de circulación de alcance nacional que se arrugaba en su bolsillo. Rezó y rogó la piedad de Dios. Pensó que la gente lo iba a ayudar. Pero ese miércoles en la ruta nadie lo levantó: “Veía que nadie me alzaba, nadie, nadie, nadie”.

Durante el camino se cruzó con oficiales de la Comisaría Cuarta de la ciudad santacruceña, con un patrullero y con personal de Seguridad Vial de la provincia. “Me preguntaron por qué estaba caminando, por qué y a dónde iba. Les dije que no tenía nada, no tenía trabajo y no podía aguantar más así. Me respondieron que siguiera caminando porque creían que era difícil que alguien me fuera a levantar”. Hizo dedo sin suerte. Superó controles fronterizos. Antes de llegar al conglomerado urbano más cercano se encontró con un gendarme que le regaló una milanesa –su primer alimento en casi tres días– y con un periodista del medio El Caletense que le regaló 600 pesos y le hizo una nota. Lo bautizó “el caminante salteño”.

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